Escrito por Alex Lobato
Cuando el presidente Nayib Bukele afirmó con firmeza: “Ya no queda ni una sola zona prohibida en El Salvador”, no estaba lanzando una consigna vacía. Estaba poniendo en palabras una verdad que hoy se vive en las calles, en los cantones, en los barrios y colonias que durante décadas fueron sinónimo de miedo. Esa frase resume un punto de quiebre histórico: el país dejó atrás la resignación y recuperó la esperanza.
El Salvador ha alcanzado 1,110 días con cero homicidios. No es solo una cifra; es una señal poderosa de que el rumbo cambió. Detrás de ese número hay madres que hoy respiran con tranquilidad, jóvenes que regresan a casa sin temor, comerciantes que abren sus negocios sin pagar extorsión y comunidades que vuelven a encontrarse. Es la confirmación de que el “milagro de la seguridad” no es retórica, sino una realidad construida con decisión política y voluntad de Estado.
Por supuesto, existen voces disidentes. Algunas no concuerdan con lo que dice el Presidente; otras, incluso, con lo que ven con sus propios ojos. Pero negar el antes y el después es desconocer nuestra propia historia. Durante años, entrar a una colonia, barrio, cantón o caserío era un riesgo mortal. Esos territorios estaban secuestrados por las pandillas, y la ley no entraba. Mandaba el crimen. Mandaba el miedo.
Peor aún: hubo políticos que, lejos de enfrentar esa tragedia, la administraron. Negociaron bajo la mesa, concedieron poder político a estructuras criminales y jugaron con la vida de la gente. Hoy muchos de ellos están condenados por pactar con el terror. El país recuerda —y no olvida— ofertas indignas que incluían dinero y control institucional a cambio de una falsa “paz”.
Eso se terminó. En El Salvador ya no hay treguas oscuras ni beneficios para terroristas. Hay un Estado que actúa. La mayoría de quienes sembraron muerte hoy cumplen condenas firmes, muchas superiores a los 100 años. Y en su lugar, florece la libertad.
Gracias a Dios y a las políticas firmes del presidente Nayib Bukele, El Salvador recuperó su territorio y su dignidad. Ya no hay zonas prohibidas. Hay un país que camina unido, con esperanza, y que decidió no volver atrás. Hoy, creer en El Salvador vuelve a tener sentido.
