El verano en El Salvador no solo se siente: se ve. Y se ve en rosa y amarillo. Cada año, cuando el calor arrecia y el cielo se despeja, el cortez blanco y el maquilishuat irrumpen en el paisaje como una explosión de color que transforma por completo calles, plazas y carreteras del país.
De pronto, avenidas enteras amanecen cubiertas de pétalos. En colonias, cantones y parques, las ramas desnudas estallan en flores y convierten lo cotidiano en extraordinario. El cortez blanco, conocido científicamente como Tabebuia rosea, tiñe de rosado barrios enteros, creando túneles florales que obligan a reducir la marcha para admirarlos. Su floración breve pero intensa es una promesa anual: el verano ha llegado.

A la par, el maquilishuat —Tabebuia chrysantha— despliega su manto amarillo brillante, iluminando parques y carreteras como si el sol hubiera decidido florecer desde la tierra. No es casualidad que sea el Árbol Nacional: su presencia impone respeto y orgullo, y su floración se convierte en símbolo de identidad salvadoreña.

Más que árboles ornamentales, ambos son protagonistas de recuerdos. Bajo su sombra se toman fotografías de graduación, se celebran encuentros familiares y se detiene el tiempo por unos minutos para contemplar la belleza natural. Son parte del paisaje emocional del país, testigos silenciosos de generaciones que han crecido viendo cómo, año tras año, el verano se anuncia en pétalos.

Cuando el viento sopla y las flores caen como lluvia colorida sobre el asfalto, El Salvador recuerda que, incluso en la temporada más seca, la naturaleza tiene la capacidad de florecer con fuerza y convertir cualquier rincón en una postal viva.
