Un país que vivió décadas bajo la sombra del miedo hoy despierta con la certeza de que su historia cambió para siempre. El Salvador alcanzó un hito que parecía imposible: 1000 días con cero homicidios. No es una cifra fría, es la representación de un milagro construido con valentía, decisión política y, sobre todo, con la esperanza de un pueblo que se negó a rendirse.
En junio de 2019, cuando Nayib Bukele asumió la presidencia, heredó un país quebrado, sometido por las pandillas y abandonado por los gobiernos anteriores. La violencia homicida no era solo un dato estadístico: era una herida abierta en cada familia salvadoreña. Madres que lloraban a sus hijos, jóvenes obligados a huir, barrios enteros convertidos en cárceles a cielo abierto. Nadie podía imaginar que, apenas unos años después, hablaríamos de un país donde los asesinatos han dejado de marcar la rutina diaria.
La realidad de entonces era insoportable. Familias completas emprendían éxodos internos, dejando atrás sus casas, negocios y sueños, con tal de salvar lo más valioso: la vida. Miles de salvadoreños partieron al extranjero porque en su tierra solo encontraban muerte y desesperanza. Esa era la herencia de los malos gobiernos, la complicidad con estructuras criminales y la indiferencia ante el dolor de su gente.
Pero la historia cambió. El presidente Bukele llegó con la determinación de enfrentar lo que parecía intocable: la seguridad pública. Con la implementación del Plan Control Territorial, el país comenzó a ver una transformación que parecía sacada de una utopía. Paso a paso, la violencia cedió terreno, y lo que muchos creyeron imposible, se volvió cotidiano: jornadas enteras donde no se registraba un solo homicidio.
A esta estrategia se sumó una medida extraordinaria que marcó la diferencia: el Régimen de Excepción. Gracias a él, las autoridades contaron con más herramientas legales para perseguir, capturar y desarticular a los miembros de las estructuras terroristas. Esta decisión permitió golpear de raíz a quienes mantenían de rodillas a la nación y garantizar que el miedo ya no fuera dueño de nuestras calles.
Hoy, esa cuenta llega a los 1000 días. Y aunque a algunos les incomode reconocerlo, el logro es histórico. El Salvador pasó de ser uno de los países más violentos del mundo a convertirse en el país más seguro de América Latina. Esa transformación no solo impacta la vida diaria de millones de salvadoreños, también abre las puertas a nuevas oportunidades: inversión extranjera, crecimiento económico, turismo y la certeza de que aquí sí se puede construir un futuro.
Este milagro tiene nombre y apellido. Nayib Bukele no solo rompió con la inercia del fracaso político del pasado, sino que se convirtió en el líder que El Salvador necesitaba: un libertador que supo enfrentar el dolor de su pueblo y transformar la realidad con hechos, no con discursos vacíos.
El mundo observa con asombro lo que aquí sucede. Organismos internacionales, medios de comunicación y líderes de distintas naciones reconocen que El Salvador es un modelo de gobernanza y seguridad. Lo que hace pocos años era impensable, hoy es ejemplo.
Cien, doscientos o quinientos días ya eran motivo de esperanza. Pero llegar a mil días sin homicidios es un antes y un después en la historia nacional. No es casualidad, no es un golpe de suerte: es el resultado de una estrategia firme y del respaldo de un pueblo que decidió confiar en su presidente.
El Salvador cambió. Y lo que para muchos es un milagro, para los salvadoreños es la prueba de que cuando hay liderazgo y amor por la patria, los sueños se convierten en realidad.
Por: Alex Lobato