Este 24 de marzo se conmemoran 46 años del asesinato de Monseñor Óscar Arnulfo Romero, una de las figuras más emblemáticas de la historia salvadoreña y referente mundial en la defensa de los derechos humanos.
La tarde del 24 de marzo de 1980, Romero oficiaba misa en la capilla del hospital Divina Providencia, en San Salvador, cuando un francotirador le disparó mientras celebraba la eucaristía. El hecho ocurrió alrededor de las 6:30 de la tarde, en el momento en que realizaba la ofrenda del pan y el vino.
La misa estaba dedicada al primer aniversario del fallecimiento de Sara Meardi de Pinto, madre de Jorge Pinto hijo, director del diario El Independiente. Aquella ceremonia se convirtió en la última homilía del entonces arzobispo de San Salvador.
Monseñor Romero se había convertido en una de las voces más firmes contra la injusticia social y las violaciones a los derechos humanos durante el periodo de fuerte conflictividad política en el país. Desde el púlpito denunciaba abusos y pedía respeto a la dignidad de las personas, especialmente de los sectores más vulnerables.
Su asesinato marcó uno de los episodios más impactantes de la historia reciente de El Salvador. Décadas después, su figura continúa siendo recordada por miles de fieles que lo consideran un símbolo de fe, justicia y compromiso con los pobres.
En 2018, el papa Francisco lo canonizó como Santo de la Iglesia Católica, reconociendo su legado espiritual y su defensa de los derechos humanos.
Entre sus palabras más recordadas destaca una reflexión pronunciada en 1977:
“Que quede bien claro para cada católico que el respeto, el reclamo y la defensa de la libertad, de la dignidad y de los derechos del hombre, para la Iglesia son una misión que está por encima de toda política”.
A más de cuatro décadas de su asesinato, la figura de San Óscar Arnulfo Romero sigue siendo un referente moral y espiritual para El Salvador y para el mundo.
