El 13 de febrero de 2001 amaneció con una herida abierta. Apenas 31 días antes, El Salvador había sido golpeado por un terremoto devastador. Pero esa mañana, a las 8:22, la tierra volvió a rugir con una fuerza que nadie esperaba.
El sismo, de magnitud 6.6, tuvo su epicentro en San Pedro Nonualco, en el departamento de La Paz. Fue un golpe seco, cercano, que en segundos convirtió paredes en polvo y calles en escenarios de angustia.
La zona paracentral, en ruinas
Los departamentos de Cuscatlán, San Vicente y La Paz vivieron escenas que marcaron a toda una generación. Más de 315 personas perdieron la vida, más de 3,300 resultaron heridas y 57,008 viviendas quedaron destruidas.
Hospitales dañados, escuelas afectadas y templos históricos reducidos a escombros dibujaron un país que parecía no tener respiro. Comunidades que servían de refugio tras el terremoto de enero se transformaron, en cuestión de segundos, en nuevas zonas de desastre.
El dolor que unió al país
Más allá de las cifras —que elevaron las pérdidas de 2001 a más de 1,600 millones de dólares— quedó la memoria de un pueblo que volvió a levantarse. Manos solidarias, cadenas humanas, ayuda que cruzó departamentos y una resiliencia que se convirtió en bandera.
Hoy, 25 años después, el 13 de febrero no solo se recuerda por la tragedia, sino por la fuerza de quienes reconstruyeron hogares, barrios y esperanzas. La tierra tembló… pero la voluntad de El Salvador fue más firme.
